martes, 13 de octubre de 2009

PRESTAME ATENCIÓN, CHE!!!

Queridísimos y Queridísimas (y todo los demás también)

No desesperéis!!! ElCaosQueTeParió se encuentra trabajando en su nuevo formato de PáginaWeb. Ampliando su Staff y recopilando mucho contenido para que a esta renovación de espacio no le falte nada de nada.

MUY PRONTO estaremos con ustedes en nuestra nueva dirección. Por el momento, sepan esperarnos, como siempre lo han hecho, y como siempre nos lo hacen notar con esa hermosa impaciencia insoportable de preguntarnos cuanto falta!

Por todo eso, MUCHAS GRACIAS…

Ahora, hagan de cuenta que están en la sala de espera de un Hospital Privado y no tienen mutual, ni tampoco un buen contacto como para que los atiendan como es debido. Por lo tanto, para matar el tiempo muerto, lean:

- “Poemas del Caos” – Unos ochos poemas que hasta hoy han descansado en la cama cucheta del disco rígido, y hoy han decidido levantarse de la siesta.

- “Once” Cuento que se encuentra en la edición de mi libro “El Ocaso del Caos”. Publicado por Espiral Calipso [Editorial rosarina e independiente]

Hasta dentro de un rato.

Que se mejoren.

Abrazo Digital.

POEMAS DEL CAOS


Primer Caos

He querido darte la mano cuando se apagó la luz.

No pude encontrarla y aún hoy la busco,

desde la resaca de mi sangre, desde el seno de mis huesos,

desde mis entrañas nace la fuerza.

Ese dolor que nos regala el ímpetu de la impotencia,

hoy sigue siendo el combustible,

la maquina absurda que avanza sobre nuestras cabezas.


Segundo Caos

Yo no puedo obligarte a que vos sueñes lo mismo…

Cada sangre tiene sus propias burbujas, su propio ritmo y un desorden único.

Cíclico. Letal.


Tercer Caos

For miss Glass. For the rest of the time.


La sangre haciendo malabares,

recorriendo los cuerpos que flotan,

que se deshacen en un abrazo flaco,

tremolante, un abrazo que explota,

llena océanos extinguidos y vuelve a explotar.

A nacer y soñar, acariciando la paz,

oliendo lo que vierten los labios,

el ron y el humo, el color cereza de tus muecas,

ese olor, tu olor, tan mío que lo abrazo,

tan tuyo que lo olvidas, tan nuestro que lo guardo,

tan natural que nos sorprende, tan vital que nos exige…

A desnudarnos, a dormirnos, a volver a explotar.


Cuarto Caos

"...Las personas que nos quieren tienen derecho a odiarnos de vez en cuando..."

Adolfo Bioy Casares, Dormir al sol


Flores mutiladas en la forma de una vacilación oscura,

con finísimos recuerdos de ayeres y mañanas.

Se me hace ginebra la boca cuando pienso en tu cintura;

de una manera u otra te imagino, ansioso y solo,

desnudándote con los dedos hirviendo,

vistiéndote despacio por el cansancio.

Así comenzamos a matarnos, a incinerarnos

y a mojarnos; a mojarnos con aceites inservibles,

a caminar por la resbaladiza soledad,

a sostenernos las manos resecas.

Acá estoy como siempre,

acércate, usúrpame,

juntemos la ebullición de los cuerpos,

quiero ser tu impaciencia.


Quinto Caos

Estoy viendo todo, desde otro lugar, y vos no me ves, solo me miras.

Te escondes y me observas, como una niña en el jardín,

como si el cielo fuera tuyo, como remontando un barrilete invisible

Estoy viendo todo, desde otro lugar, y vos no me ves, solo me miras.

Te perdes en tu planetita, como el silencio en la oscuridad,

como jugando a ser un hombre ciego, como aceptando que ya no estoy.

Estoy viendo todo, desde otro lugar, vos no me ves… ni siquiera me miras.


Sexto Caos

Caigo otra vez en la barbarie, me asusto y busco fuego.

Sujeto a la luz de alguna estrella, resisto y soy la tierra.

Agua. Aire. Usted. La sangre y Dios. Nadie. Otros.


Séptimo Caos

Ni siquiera ganas, solo miedo trivial.

Así nos pudrimos solos, como un cíclope histérico y estéril,

con su resentimiento part-time a flor de piel.

Ofuscado, por nada, solamente por tener la posibilidad de respirar,

por hacerme cargo de este cielo cubierto con color a bolsa de consorcio,

por haber recordado algunos versos perdidos de otro tiempo,

de otra índole, de otro amor y de otro odio impreciso.


Octavo Caos

Vanagloria.
Derrota en vano.

Nada nos hiere solo nos humilla.
Nada nos refresca solo nos sumerge

La venganza de ese abismo virgen,

se inhibió y se cobijo en un pecho materno

ONCE


A Julia Musitano

Era martes, su último día en Argentina. El vuelo saldría a las seis de la mañana del miércoles siguiente. Moustapha estaba parado en la esquina de Azcuenaga y Corrientes, al lado de su paraguas rojo lleno de bijouterie dorada y plateada. Su piel crudamente negra contrastaba perfectamente con la camiseta blanca de la selección de fútbol de Senegal. Sus dientes color crema relucían sin esmero, detrás de una sonrisa enorme que se desató cuando pudo divisar que Natasha se encontraba a unos metros. Él la esperaba ansioso, con los brazos abiertos, haciendo morisquetas africanas, mirando el cielo, feliz. Ella se sonrojaba, se la veía contentísima y eso la atolondraba; avanzaba con pasos grandotes y torpes, con sus dientes amarillos, sus granos hechos cascarita disfrazados con mucha base, y su delatadora barbita incipiente, desprolija; ese rasgo apacible que le maquilla la vida.

El abrazo fue un estruendo, un aluvión de fuerza, una catástrofe de deseo, una usual histeria de dos enamorados. Se besaron y se acariciaron con una ternura ecuestre; y entre sollozos epifánicos se murmuraban palabras cortas y sonsas, en un idioma que ellos dos habían inventado.

Desarmaron el paraguas y guardaron todo. Caminando por Corrientes tomados de la mano, iban en silencio, cada tres o cuatro pasos se miraban y reían a carcajadas, ella le besaba el cuello o jugaban como dos púberes, rozándose nariz con nariz. Iban a un paso lento, distraídos del mundo, esquivando las miles de personas que caminan corriendo por la vereda, a los vendedores ambulantes de sapitos a batería que nadan durante horas, de lupas importadas a diez pesos o dos por quince, de breteles de silicona, de anteojos de sol, de libros para que vuelva tu pareja, de codificadores de televisión por cable, de churros, de chipá y de imitaciones de Vitorinox… Caminaban por eso que es el Once, un barrio como ningún otro, especialmente al mediodía. Toda esa voracidad aumenta por instinto, se siente un clima realmente insalubre, atmosféricamente identificable, donde todo se cosifica, desde el brazo de un ciego hasta la carita sucia de una nena que toca el bandoneón en Pasteur.

Saciaron su hambre en un kiosco de Lavalle, casi llegando a Paso. Un superpancho con lluvia de papas para cada uno y un litro de cerveza bien fría. Natasha comió apurada; una vez que una de las extremidades de la salchicha rozó sus labios, empezó a desaparecer dentro de su boca. Su mano, que sostenía la otra extremidad, empujaba con desdén, y sin ni siquiera tener tiempo de respirar o levantar la vista, sus dedos ya estaban sacudiendo las comisuras, limpiando esos resabios de aderezos amarillos y naranjas. Tomó su vaso blanco de plástico y pegó un sorbo. Todo eso en un minuto y pico. Moustapha la miraba, sonriendo como siempre, alegre y con cara de sorprendido, con la mitad de su pancho en una mano y su vasito de cerveza en otra. Le hizo una carita y los dos rieron. Natasha se sostuvo el pecho con las dos palmas cruzadas y eructó silenciosamente para adentro, la garganta se inflo y la nuez hizo un movimiento zigzagueante. Pestañeó, miró a Moustapha y nuevamente rieron, en su idioma, deliberadamente felices; idos.

Hablaban de programas de televisión, de los países donde él había estado, de las mujeres que tuvo y del miedo que a Natasha le producen los aviones. Nunca había subido a ninguno pero afirmaba que los odiaba. Que vuelan alto, van fuerte y pueden chocar, caerse y prenderse fuego, hasta en el agua. Ella decía que lo vio en el canal treinta y ocho. Él sonreía y meneaba la cabeza, con su negrura tiernísima, mirándola a los ojos, le besaba la frente y mientras le tomaba las manos. Moustapha siempre estaba sonriendo, quizás para ocultar lágrimas secas, pero él sonreía, acercándole la boca, juntando los dos alientos, ambos hirviendo, por el deseo, porque la cerveza ya estaba tibia, y porque ellos tomaban de su vasito de plástico, se besaban y hablaban, así hasta que quedó muy poquito y Natasha se prendió del pico para devolverle el envase al kioskero.

Cuando salían del kiosco, un hombre de la colectividad judía salió delante de ellos, ofuscado y bufando vaya a saber porqué, pantalón negro de vestir y camisa blanca, sombrero prolijo y rulitos con vida propia, barbudo y de ojos claros. Mientras caminaba y bufaba, desde el bolsillo derecho se le asomaban un montón de billetes arrugados. La gomita que los sostenía estaba cortada, ennegrecida, podrida. Natasha lo notó al instante, abríó los ojos y le apretó la mano a Moustapha.

- Musti, vamo a meterle caño, vamo a meterle caño que está fácil- le susurraba toda ansiosa en el oído, con esa vocecita tenor- Hay un cana recién sobre Corrientes, corremo para el otro lado y no pasa nada Musti, te lo prometo, dale, por favor- insistía ella con cara de única nieta.

Moustapha la miró, volvió a sonreír y la abrazó paternalmente, metiéndola debajo de su bíceps. La llevó así caminando unos metros, le rascaba la cabeza suavemente y la besaba en la ceja izquierda, a la altura de la cien, dándole dos palmadas en la cola la convenció. Ella caminaba conforme, apoyada en su hombro, enamorada, olvidando en diez metros el fangote que al judío que vendía tela le supuraba del bolsillo.

Caminaron hasta Paso y Corrientes; Allí se despidieron con un beso enorme, sensual, como si estuviesen a punto de entrar en una habitación. Quedaron en encontrarse alrededor de las siete de la tarde en Plaza Miserere, en el mismo lugar donde se habían conocido. Sería una hermosa despedida, como ambos se merecían, llena de ilusiones y promesas, de volver a verse, de amarse para toda la vida. Moustapha entró en un ciber, porque debía escribirle a sus hermanas, y a su vez, chequear los mails que éstas le habían enviado para mantenerlo al tanto de la salud de su madre. Natasha fue para la estación; a eso de las tres, su amiga Karen llegaba desde Ciudadela.

En las canillas del baño de la estación, Natasha lavó sus partes. Acondicionó hasta el último de sus detalles íntimos, puso énfasis en el pelo, masajeándolo con los dedos embadurnados de crema de enjuague en sobrecito. Los hombres entraban y la miraban, los habitúes la saludaban, le hacían chistes sanos, tontos. Los que estaban de paso, o se asustaban o se desubicaban, le regateaban un precio que ellos imponían o le decían groserías en diminutivo. Se vistió. Karen le había traído todo, la ropa interior roja, la calza tres cuartos celeste, la musculosa de algodón azul con la cara de Marilyn Monroe, las zapatillas deportivas bien limpitas con sus respectivos soquetes, una bincha blanca, y un par de aros color turquesa, esos que juntas habían robado en el supermercado chino de Perón y Larrea.

Se pasó crema por todo el cuerpo y salió. Se sentó a esperar, con un presentimiento irresoluto, previendo una desilusión pero sin asumirla, confiando en el amor, contenta y entrelazando los dedos de ambas manos para hacerlos sonar, mirando el piso y enroscándose el pelo, pensando en él, ávida de sus brazos fuertes, su sonrisa y su sexo, literalmente enamorada; y por eso mismo, ocultando un recelo latente que la sacudía. La aterrorizaba la simple idea de que Moustapha no soportase una despedida, que no se animase a decirle Adiós, mirándola a los ojos, prometiendo un regreso.

El tiempo, malditos relojes, los de la plaza y el del celular. La mano le temblaba, pero se había prometido no fumar hasta que llegue Moustapha para recibirlo con un beso apto. No aguantó, prendió el tabaco y lo llamó. Sonó cuatro veces y cortó para que no la atendiera el contestador. Tenía apenas unos pocos centavos de crédito. Volvió a llamar y dejó que suene cuatro veces. Nadie atendió. Ya eran más de las siete y cuarto. Apagó la colilla tan sólo para encender otro rubio. Su mano seguía temblando pero pudo escribirle un mensaje:

Musti miamor veni a la plaza me dijiste que venias a las siete donde estas miamor te quiero ver te extranio apurate.

Se hicieron más de las siete y media. El labio inferior comenzó a temblarle y sus ojos brillosos predecían un volcán de lágrimas gordas. Tomó el teléfono, llamó de nuevo pero esta vez ni siquiera sonó, una voz de mujer madura y española le dijo que esa línea no estaba disponible.

La plaza se presentaba indemne, con esa tormenta de vaho que la oprime, que la hace descansar en la opulencia. El sol se desmoronaba por detrás, otra tarde que moría para que Miserere recibiera otra vez la noche sobre su cemento estéril. A lo lejos, en uno de los bancos, Karen estaba con dos amigos peruanos. Tomaban cerveza del pico. Uno de ellos usaba gorra para atrás y camisa desprendida, el otro estaba en cuero, con un rosario fluorescente colgándole sobre el pecho. Karen le acariciaba la cintura, cerca del ombligo. Mientras jugaba con los vellos enrulados del peruano, vio acercarse a Natasha, llorando, tapándose la cara, con un trotecito de suplente asustado, femenil, de clase de educación física. Dejó la cintura del muchacho y fue a su encuentro. Se abrazaron, Natasha estaba acongojada, su amiga la consolaba mirando a los peruanos, haciéndoles gestos con la cara pero hablándole a ella, con la actitud de alguien que suponía lo que iba a suceder.

Cuando pudo calmarse, Karen le presentó a sus nuevos amigos. Natasha los saludó y empinó la botella con los ojos cerrados; ni bien tragó, hizo un chiste sobre el amor y todos se rieron. Siguió con su religiosa cerveza, hizo más chistes, sobre su panza y sobre la celulitis, que tanto le hubiese gustado tener. El de la camisa comenzó a acariciarle la espalda y ella parecía gozarlo, de todas maneras siguió hablando mucho y con tragos cada vez más largos. Hablaba y hablaba, como si no quisiese dejar una milésima libre que le permitiera recordar la sonrisa del hombre de su vida. El que estaba en cuero sacó un par de porquerías y se metieron de lo lindo, los cuatro, avarientos y apurados. Se envenenaron con urgencia, indómitos, como si todos estuviesen sufriendo la pérdida de un amor perpetuo. Natasha estaba quieta, sosegada, con las venas nerviosas, su corazón era el primer ensayo de una banda punk, sus ojos eran dos brújulas rotas. De repente, Karen la tomó del brazo, se miraron, y señalándole el bolsillo, le dijo que su celular estaba sonando.